La gran montaña de cobre


El 8 de diciembre de 1992 fue el último día de trabajo, él último día de cerca de 1 200 años de trabajo en la mina de cobre de Falun, en Suecia. La mina, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es visitada por miles de turistas que descienden a un mundo subterráneo, impresionante y sobrecogedor sobre el que pesan siglos de historia y sufrimiento. La visita es una aventura inolvidable, y aquí le contamos –además– de la tragedia del gordo Mats, de la sociedad anónima más antigua del mundo y de por qué casi todas las casas de campo en Suecia están pintadas de rojo

Antigua postal de la mina

Una antigua postal de la mina, posterior al derrumbe. Muchas de las construcciones reproducidas por el artista todavían siguen en pie (Foto: Wikipedia).

Como agujeros en un queso o como hormigas en un hormiguero, los mineros de Dalecarlia ya habían horadado la Gran Montaña de Cobre durante siglos, dejándola hueca y avanzando bajo tierra. Y lo que sucedió en junio de 1687 fue al final un milagro, una verdadera tragedia con suerte: la montaña se desplomó –como una pesada cáscara– en el día de Mitad de Verano, uno de los únicos dos días del año en que nadie trabajaba allí (el otro era Navidad). El enorme pozo de la mina y parte de las galerías que quedaron expuestas, todavían pueden verse hoy. De haberse derrumbado un día antes o un día después, miles de trabajadores hubieran quedado sepultados bajo las rocas.

Ruinas en el pozo de la mina

Desde el borde del pozo de la mina derrumbada, de casi dos kilómetros de perímetro, pueden verse los restos de las vigas que apuntalaban las galerías subterráneas que se derrumbaron. Pero otras galerías antiguas quedaron intectas y pueder ser visitadas (Foto: Swed.info).

Al borde del pozo –de unos 90 metros de profundidad y 1,5 km de circunferencia, algo agrandado por una explotación final a cielo abierto– los visitantes  reciben la capa impermeable y el casco para poder entrar a la mina. Mejor llevar botas de goma y ropa abrigada, porque aunque el sol brille y la temperatura sea agradable, en la profundidad de los túneles reina la oscuridad, el frío y el agua que corre por el piso y chorrea del techo y por las paredes de las galerías. Todo muy ordenado y protegido, pero nada acogedor.

Un lujo comparado con otros siglos, cuando los mineros calentaban el interior de la montaña con enormes fuegos para resquebrajar la roca y poder retirar las piedras con el mineral. El gran Lineo, en una visita a la mina en 1734, describió el lugar como un verdadero infierno. Humo, fuego, calor y hombres pobres y agotados golpeando la roca.

La Gran Montaña del Cobre –Stora Kopparberget, el nombre de la mina y la empresa minera que la explotó– llegó a abastecer a Europa con hasta dos tercios, del cobre que se necesitaba en el medioevo tardío. En la época de oro de su explotación –siglos XVII y XVII– contribuyó a la consolidación del Reino de Suecia y a financiar su condición de potencia militar regional.

Algunos de los recintos subterráneos muestran testimonio de la importancia de la mina para la corona sueca: la firma grabada en pieda de los reyes que la visitaron. No falta prácticamente uno, ni siquiera el actual que grabó su nombre con falta de ortografía.

Firmas en la pared

Un grupo de turistas estudia las firmas de los reyes suecos –grabadas en la piedra– que visitaron la mina con el pasar de los siglos (Foto: Swed.info).

El Museo de la Mina, como la mina misma Patrimonio de la Humanidad,  muestra las condiciones infrahumanas en que trabajaron los mineros durante siglos. Y aún así –¿quién dice que todo tiempo pasado fue mejor?– el de minero en Falu era un trabajo codiciado por la buena paga y porque era una de las pocas formas de evitar ser enrolado a la fuerza en los ejércitos  suecos que combatían en Rusia, Alemania o Dinamarca.

Una visita guiada a la mina de Falu es un recuerdo de por vida. Lleva una hora y permite adentrarse en la historia y en un mundo desconocido y fascinante. La caminata no es agotadora y, aunque hay escaleras y pasajes estrechos, sólo los muy pequeñitos o los ancianos deberían pensarlo dos veces.  Estoy seguro que en la memoria del visitante quedarán grabados las galerías y los puestos de trabajo conservados –que parecen salidos de un túnel del tiempo– y maravillas de ingeniería realizadas en hierro forjado, madera y cuero.

Pero probablemente, y más que nada, el visitante no se olvidará de ese momento eterno en que el guía –por suerte avisó primero– apagó las luces y lo dejó en la oscuridad más completa y opresiva que jamás haya experimentado, unos cien metros bajo tierra.

FALU RÖD

Una casa típicac de la campiña sueca

Estos colores muestran la gran mayoría de las casas de la campaña sueca en el centro y norte del país. Harina y restos de cobre forman parte de la receta de la pintura roja que protege la madera (Foto: Stock.xchng).

La leyenda dice que fue un chivo llamado Kåre que volvía a su dueño con los cuernos rojos, tras rascarse la ornamenta en un lugar oculto de un bosque, que permitió descubrir el mineral de cobre. Hoy no son las cabras sino casi todas las casas y galpones en el campo sueco que están pintados de rojo, con el Rojo de Falun.
Se trata de una pintura –en la receta va harina de trigo y de avena, aceite de lino y pigmentos residuales de la extracción de cobre– que excelentes propiedades para proteger la madera de la intemperie. Alguna vez pintura de pobres, hoy el color arquetípico de la campiña sueca, y una manera de reciclar el rezago de siglos de proceso de cobre.

El gordo Mats

Un viejo túnel abandonado

Muchos de estos túneles terminaron bajo agua, unos gradualmente, otros de forma catastrófica. En alguno de ellos, hace siglos, encontraron al gordo Mats (Foto: Swed.info).

En 1719, las autoridades de la mina expusieron el cadaver de un minero que querían identificar, encontrado en una galería  sumergida. Nadie sabía quién era hasta que una anciana reconoció a su prometido de su juventud que había desaparecido 42 años antes. Estaba tal cual.
Mats Israelsson, su nombre, habría muerto en soledad y las aguas contaminadas de la mina habían conservado su cuerpo a tal punto que los que lo encontraron pensaron que era un muerto reciente. La historia del gordo Mats, así lo llamaban, no termina allí. Al ser retirado de la mina y ser expuesto al aire, su cuerpo impregnado de vitriol se vitrificó, y a las autoridades de la mina se les ocurrió la idea de exponerlo en la entrada principal, como una momia o una estatua.
Recién en 1749, 30 años después de que lo sacaran a la luz y cuando ya su vitrificación empezaba a ceder a la descomposición, fue enterrado en la iglesia de la Gran Montaña de Cobre. Pero una vez más lo volvieron a exponer al público, cuando renovaron la iglesia original, hasta que finalmente fue enterrado en el cementerio local.

Stora kopparberget

Stora Kopparberget la sociedad anónima más vieja.

Aunque haya cambiado de nombre y dejado la minería, Stora Kopparberget (ahora Stora Enso) es la sociedad anónima más antigua en actividad (Foto: Swed.info).

Cuentan que un proveedor norteamericano de equipos de minería, en los años ochenta –cuando no había Internet– pidió a la empresa Stora Kopparberget que le ofreciera datos de su trayectoria comercial, antes de hacer un negocio. Un empleado le envió una copia de su fundación, con su correspondiente sello real, fechada en junio de 1288.
Hoy,  tras una fusión con un conglomerado finlandés, la empresa se llama Stora Enso y ha abandonado la minería para dedicarse a la industria forestal, del papel y del envase. Es considerada la sociedad anónima, todavía en actividad, más vieja del mundo. Ha adquirido polémica actualidad en Sudamérica con sus plantaciones y proyectos de plantas de celulosa de controvertido efecto ambiental.

Como agujeros en un queso o como hormigas en un hormiguero, los mineros de Dalecarlia ya habían horadado la Gran Montaña de Cobre durante siglos, dejándola hueca y avanzando bajo tierra. Y lo que sucedió en junio de 1687 fue al final un milagro, una verdadera tragedia con suerte: la montaña se desplomó –como una pesada cáscara– en el día de Mitad de Verano, uno de los únicos dos días del año en que nadie trabajaba allí (el otro era Navidad). El enorme pozo de la mina y parte de las galerías que quedaron expuestas, todavían pueden verse hoy. De haberse derrumbado un día antes o un día después, miles de trabajadores hubieran quedado sepultados bajo las rocas.

Al borde del pozo –de unos 90 metros de profundidad y 1,5 km de circunferencia, algo agrandado por una explotación final a cielo abierto– los visitantes  reciben la capa impermeable y el casco para poder entrar a la mina. Mejor llevar botas de goma y ropa abrigada, porque aunque el sol brille y la temperatura sea agradable, en la profundidad de los túneles reina la oscuridad, el frío y el agua que corre por el piso y chorrea del techo y por las paredes de las galerías. Todo muy ordenado y protegido, pero nada acogedor.

Un lujo comparado con otros siglos, cuando los mineros calentaban el interior de la montaña con enormes fuegos para resquebrajar la roca y poder retirar las piedras con el mineral. El gran Lineo, en una visita a la mina en 1734, describió el lugar como un verdadero infierno. Humo, fuego, calor y hombres pobres y agotados golpeando la roca.

La Gran Montaña del Cobre –Stora Kopparberget, el nombre de la mina y la empresa minera que la explotó– llegó a abastecer a Europa con hasta dos tercios, del cobre que se necesitaba en el medioevo tardío. En la época de oro de su explotación –siglos XVII y XVII– contribuyó a la consolidación del Reino de Suecia y a financiar su condición de potencia militar regional.

Algunos de los recintos subterráneos muestran testimonio de la importancia de la mina para la corona sueca: la firma grabada en pieda de los reyes que la visitaron. No falta prácticamente uno, ni siquiera el actual que grabó su nombre con falta de ortografía.

El Museo de la Mina, como la mina misma Patrimonio de la Humanidad,  muestra las condiciones infrahumanas en que trabajaron los mineros durante siglos. Y aún así –¿quién dice que todo tiempo pasado fue mejor?– el de minero en Falu era un trabajo codiciado por la buena paga y porque era una de las pocas formas de evitar ser enrolado a la fuerza en los ejércitos  suecos que combatían en Rusia, Alemania o Dinamarca.

Una visita guiada a la mina de Falu es un recuerdo de por vida. Lleva una hora y permite adentrarse en la historia y en un mundo desconocido y fascinante. La caminata no es agotadora y, aunque hay escaleras y pasajes estrechos, sólo los muy pequeñitos o los ancianos deberían pensarlo dos veces.  Estoy seguro que en la memoria del visitante quedarán grabados las galerías y los puestos de trabajo conservados –que parecen salidos de un túnel del tiempo– y maravillas de ingeniería realizadas en hierro forjado, madera y cuero.

Pero probablemente, y más que nada, el visitante no se olvidará de ese momento eterno en que el guía –por suerte avisó primero– apagó las luces y lo dejó en la oscuridad más completa y opresiva que jamás haya experimentado, unos cien metros bajo tierra.